El palacete

Historia

El primer documento que atestigua que la familia Roquer de Arbúcies es la propietaria de una casa solariega y una viña situadas en el mismo enclave en el que se encuentra la finca actual data del año 1313.

Allá por el siglo XIV, los Roquer pertenecían a la pequeña nobleza local. Considerados como una de las familias más importantes de Arbúcies, eran propietarios de numerosas fincas en el valle donde se halla dicha población. Durante generaciones, los Roquer fueron adquiriendo más tierras y masías hasta formar un importante patrimonio.

En 1640, durante la guerra contra el rey Felipe IV, la casa fue pasto de las llamas. Finalizada la contienda, la propiedad fue reconstruida siguiendo el estilo de las masías catalanas de la época. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, el prestigio y el reconocimiento de la familia Roquer fueron en aumento.

A finales del siglo XIX, la casa sufrió otro incendio, siendo reconstruida prácticamente en su totalidad siguiendo las tendencias arquitectónicas del momento.

A principios del siglo XX, la finca El Roquer fue vendida al señor Fàbregas, un abogado de Barcelona. El palacete volvió a cambiar de propietario en 1920, cuando fue adquirida por Joan Garolera Molist.

Durante la Guerra Civil Española, El Roquer hospedó a trescientos chicos y chicas procedentes del País Vasco y Madrid que huían del frente.

Entre los años 1940 y 1950, la casa fue restaurada hasta quedar tal como la conocemos actualmente. Dicha obra fue dirigida por el arquitecto Enric Segarra y por Emili Garolera Bohils. La iluminación, uno de los aspectos más destacados de El Roquer, corrió a cargo del prestigioso arquitecto Carles Buïgas.

En 1996, al morir Lola Garolera, esposa de Joan Garolera, la casa pasó a su hermano Emili, creador del excepcional jardín dendrológico de la finca.

 

El Palacete

El Palacete de El Roquer está catalogado por el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) como edificio de interés. Se trata de una construcción de planta cuadrada con tres pisos en la que, entre otros detalles, destacan, por su antigüedad y su estructura arquitectónica, las bóvedas catalanas del nivel inferior.

En la fachada principal hay una gran escalinata de piedra que da a un soportal de arcos de medio punto. Desde allí se accede a la entrada principal, de la que hay que destacar la verja de hierro forjado y la escalinata presidida por el escudo de la familia Roquer.

El primer piso tiene un balcón corrido con barandilla de hierro forjado ricamente ornamentada. Se trata de la planta noble de la casa, decorada con esgrafiados florales y vegetales en menaje y aperturas.

En la fachada cabe destacar los dos medallones lobulados en piedra, con escenas infantiles en su interior, y el reloj de sol, de 1950, también en relieve de piedra.